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Molinos de pólvora

Me encontré con Villafeliche de casualidad, igual que me pasó con Montón. Iba desde Calatayud a la laguna de Gallocanta, a ver las grullas, y cuando apareció Montón en la carretera, con sus casas de colores y su distribución en la montaña, no me quedó más remedio que pararme. Después de una hora paseando por sus calles, arranqué el coche de nuevo para detenerme 5 minutos después en Villafeliche.

Villafeliche llama la atención por su castillo y su iglesia. El pueblo parte de la vega del Jiloca y sus casas se ubican en un montículo, subiendo desde el río hacia el castillo. En medio sobresale la iglesia de San Miguel, una construcción del siglo XVII, con torre mudéjar y cuyo retablo ha ilustrado los décimos de la Lotería del Niño este año.

Iglesia de San Miguel de VIllafeliche

El retablo de la iglesia de Villafeliche ha ilustrado los décimos de la Lotería del Niño de 2013.

La escultura en la Plaza Mayor dedicada a los trabajadores de la pólvora

Pero vamos a los Molinos de Pólvora. Como paré de casualidad, no tenía ni idea de que Villafeliche había sido durante siglos el mayor productor de pólvora de España. La primera pista me la dio una escultura en la Plaza Mayor del pueblo, dedicada a “todos aquellos vecinos que trabajaron en el duro oficio de la fabricación de pólvora”. Me quedé con la cantinela, pero seguí caminando por la calle Mayor, una vía de dos sentidos, por la que apenas cabe un coche, hasta llegar a la plaza de la iglesia, donde se ubican los dos únicos bares del pueblo. Entré en uno de ellos y pedí lo único que tenían para comer: un pincho de bacalao con un mosto. Anda que no me sentó bien el desayuno, tres horas después de haberme levantado. Después de un rato hablando con la dueña del bar sobre el entierro que tenia lugar, la crisis, y las vicisitudes de volver a los pueblos para subsistir, continué hacia la zona de las vegas, a las afueras del municipio, y me encontré con un letrero que señalaba la ruta de los Molinos de Pólvora. No ponía la distancia -ni sabía lo que me iba a encontrar-, pero como al fondo había una montaña, calculé que no debía estar muy lejos. El recorrido, por una carreterilla primero, que se convierte en camino después, pasa por campos frutales, deja a la derecha la ermita de San Roque y cruza, por encima de un puente, el cauce sonoro del río Jiloca. Sin encontrarme con nadie llegué hasta un complejo ruinoso con un cartel que contaba que, aquello que tenía delante, habían sido “Las Reales Fábricas de Pólvora” que habían existido desde el siglo XVI hasta mediados del siglo XX, los últimos 150 años de manera clandestina. En paralelo al río, se ubicaban 200 molinos de pólvora, construcciones independientes, de pocos metros cuadrados y con techos muy ligeros, para que, en caso de explosión, la onda expansiva levantara la techumbre sin derrumbar el molino y no afectase a los colindantes. Siguiendo un sendero señalizado, paralelo al Jiloca, se pueden ver los restos de estas construcciones y uno de los molinos reconstruido.

El molino reconstruido se puede visitar por dentro, preguntad en los bares de la plaza de la Iglesia.

La Ermita de San Roque, de camino a los Molinos

El Jiloca, de camino a los molinos de pólvora

Puente sobre el Jiloca y “Reales Fábricas de Pólvora”

El molino reconstruido

En el molino de pólvora

Camino de los Molinos de Pólvora

Además de la Fábrica de Pólvora y los molinos, declarados Bienes de Interés Cultural, el camino merece la pena por los paisajes, el río, las montañas y por la tranquilidad de la vega. Y por lo magníficamente bien que sienta, encontrarte de casualidad, con algo que ni siquiera te esperas. Me gustan especialmente los dichos populares, y de mi encuentro con este pueblo zaragozano aprendí uno: “Arde más que la pólvora de Villafeliche”. Ahí queda eso.

Plaza Mayor

En el municipio se puede visitar tambien el Calvario (camino del Castillo de Villafeliz), la vega del río Jiloca, la Iglesia de San Miguel, la ermita de San Roque, las ruinas de la de San Marcos y la Plaza Mayor. Además de por la fabricación de pólvora, este pueblo de poco más de 200 habitantes, también es conocido por la alfarería.

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