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Mogue, Darién
La aldea de Mogue

Mogue, con los emberá en el Darién.

Cuando entres al Darién encomiéndate a María, en tu mano está la entrada, en la de Dios tu salida

Aislados en un pueblo en mitad de la selva, sin electricidad, compartiendo hogar con murciélagos, luciérnagas y cucarachas. El canto de los gallos nos despierta a las cuatro de la mañana y, cuando paseamos por la selva, hundimos las piernas en el fango. Tenemos barro hasta en el pelo y no hay duchas. ¿Sufriendo? No, estoy viviendo una de las mejores experiencias de mi vida. Estamos en una aldea emberá en el Darién a la que se puede acceder en barca tan solo dos veces al día, exclusivamente cuando la marea lo permite. Bienvenidos a Mogue.

El trayecto a Mogue

Casi cinco horas de coche por la mítica Panamericana y dos horas y media más en barca. Es el tiempo que se tarda en llegar a Mogue desde Ciudad de Panamá, aunque las paradas para comer y descansar lo alargan. En la primera parte del trayecto la carretera se puede equiparar a una nacional, sin embargo, conforme nos acercamos a Colombia empeora hasta convertirse, en algunos tramos, en apenas un camino. Es una de las medidas del gobierno de Panamá para evitar los “grandes males” que provoca su cercanía con Colombia. Entorpeciendo la comunicación tratan de contener el contrabando de armas, el narcotráfico, la emigración y algunas enfermedades del ganado frecuentes en la parte sur del continente y, por el momento, extintas en Centroamérica. La Panamericana que viene desde Alaska se convierte aquí en una frontera más entre Colombia y Panamá es decir, entre el sur y el centro del continente americano.

Llegamos al puesto de control de El Darién. El guía entrega nuestros pasaportes y da explicaciones a los militares. Después de unos 10 minutos, en los que amagan varias veces con registrar nuestro equipaje, nos dejan continuar. A los lados de la carretera (ahora camino) empezamos a ver algunas aldeas emberás. Con el sonido de Voz Sin Fronteras, la radio local, vamos entrando en materia, conociendo la música y las preocupaciones de sus vecinos.

Frontera del Darién

Frontera del Darién

Puerto Quimba

Puerto Quimba

Darién

De camino a Mogue

La Palma, la capital del Darién

Llegamos a Puerto Quimba. Descargamos las maletas de la pick up y las subimos al bote que nos espera. Embarcamos y, después de media hora de trayecto, nos bajamos en La Palma, la capital de la región del Darién. Para comer en la fonda la “Paila del Pueblo” nos ofrecen pescado, puerco o pollo. Elegimos todos pescado porque, entre otras cosas, estamos en una construcción típica apoyada sobre pilares en el agua. Con las vistas que tenemos, no queda más remedio que pedir pescado fresco. Lo sirven acompañado de lentejas y arroz. Para terminar café (¡cómo está el café de Panamá!).

Después de comer paseamos por la calle principal de La Palma. Su población no llega a los 20.000 habitantes, muchos de ellos afroamericanos. Nos detenemos delante de barberías, tiendas y bares, nos impresiona la cárcel y compramos en un puesto de comida ambulante. En realidad, estamos haciendo tiempo hasta que suba la marea y podemos acceder, a través del Pacífico y del rió Mogue, a nuestra comunidad. Si el agua está baja no hay manera, la barca encalla y es imposible llegar a la aldea.

El trayecto de dos horas de La Palma a Mogue es divertido. El Pacífico está juguetón y acabamos todos empapados. Lo que no sabemos es que será la última ducha de los próximos tres días (ay). Pasamos entre islas con alguna fortificación, rodeadas de manglares, se nos acercan delfines y, cuando por fin llegamos al río Mogue, la selva empieza a cerrarse a ambos lados. Ya cerca empezamos a ver niños y a su profesora cerca del río. Nos cuentan que en Panamá, cuando se licencia un profesor tiene que prestar sus primeros años de servicio en un lugar remoto.

Mogue, la aldea

A la orilla del río aparece Mogue, una pequeña aldea emberá a la que solo se puede llegar en barca remontando el río cuando la marea lo permite o a caballo o pie por caminos a través de la selva. No hay electricidad, ni agua corriente. Las calles no están asfaltadas y no disponen de ningún servicio “básico” imprescindible para un occidental. Tan solo unas cuantos tambos tienen placas solares y, durante la misa, se utiliza gasolina para iluminar la iglesia.

Sus habitantes viven de la pesca, del cultivo de maíz, de la venta de sus artesanías y, ahora también, del turismo. Van a lavar al río, cuidan a sus animales, quitan la cáscara de su arroz y conservan su idioma y sus tradiciones, incluida la vestimenta de las mujeres. La mayoría lleva parumas, la falda típica y, en ocasiones especiales, decoran su cuerpo con colorantes naturales, extraidos de la jagua o de los achiotes.  Los hombres, han cambiado el tradicional taparrabos por pantalones aunque aun lo visten en ceremonias. Muchas mujeres, que hasta hace poco cubrían su pecho exclusivamente con collares, ahora utilizan camisetas.

Este es nuestro hogar durante dos noches, 48 horas que pasamos con la boca abierta constantemente.

Viviendo en tambos.

Sus casas se reparten por el pueblo separadas entre sí. Los tambos, son unas edificaciones levantadas sobre troncos, sin paredes normalmente, con techo de palma a las que se accede a través de un madero con muescas a modo de escalones. Se construían en alto para evitar los ataques de los animales e incluso de otras personas. Debajo de cada uno de ellos, las familias crían sus animales: pollos y puercos.

Nosotros usábamos uno de los de mayor tamaño. Como está habilitado para turistas dispone de mayores comodidades. Para empezar, al tronco – escalera se le han añadido unos pasamanos, arriba han colocado un banco de madera con una mesa y cerca hay una cabaña con baño y ducha, aunque su sistema de agua esos días no funcionaba.

Las mujeres indígenas nos preparan la comida: pollo frito, patacón, arroz, hojaldres para el desayuno, fruta, café, tortillas con culantro, café… Nuestra guía saca por sorpresa una botella de vino y algún postre como mama llena.

Patacón

Patacón hasta en la sopa

Dormimos entre murciélagos, luciérnagas y cucarachas (aquí todo se acepta) y, durante la noche, un perro decide subir y hacer guardia junto a mi colchoneta. Los sonidos de mis compañeros de sueños (personas y animales incluidos) no me dejaron pegar ojo en toda la noche el primer día. Eso y la emoción de estar donde estoy. Sobre las cuatro de la mañana descubro que los gallos no cantan al amanecer tal y como yo creía. Su quiquiriquí empieza a sonar un par de horas antes de que salga el sol. Viene bien de despertador prematuro porque apenas claree el día, toca levantarse para iniciar la marcha.

Tambo emberá

Tambo, la casa emberá

Tambo emberá

El tambo para los turistas, aquí dormíamos

En busca del Águila Harpía

Nos llevan a caminar por la selva en busca del ave nacional: el águila harpía. Estamos en temporada de lluvias y aunque ese día nos libramos, no podemos escapar de la humedad y del lodo. Por el camino, el guía local, que a su vez es el “médico” y sacerdote del pueblo, nos habla de plantas medicinales. Nos vamos acostumbrando a los sonidos de la selva, escuchamos pájaros, monos aulladores… Después de tres horas de caminata llegamos al árbol donde está el nido del águila. Nuestro guía la llama, pero no viene. Regresamos sin haber visto al águila y envueltos en barro aunque el paseo ha merecido la pena.

Una vez en Mogue, ante la falta de duchas, nos metemos directos al río. Allí, mientras los niños se bañan, las mujeres lavan la ropa y las niñas imitan a sus madres. El río es un centro social a esa hora, muy divertido.

Mogue

A lavar(nos) al río

Mogue

Las niñas imitan a sus madres bien pronto

Artesanía y música emberá

Después del baño, paseando por el pueblo, una mujer nos invita a pasar a su casa para enseñarnos sus artesanías. Compruebo que el auténtico hogar emberá no es muy distinto al tambo donde nos alojamos nosotros. Con más cacharros pero por lo demás es similar.

Volvemos a nuestro tambo porque, ya que somos turistas, la comunidad nos ofrece esa tarde sesión de música y muestra de artesanías. Las mujeres extienden sus creaciones: cestas, máscaras, abalorios hechos en tagua, telas… Compramos, nos hacemos fotos vestidas como ellas y disfrutamos del lado más turístico de Mogue.

La misa.

Ya de noche, en el tambo después de cenar, se empieza a escuchar un sonido por todo el pueblo. Es la llamada a la misa. Cogemos linternas y nos acercamos a ver cómo es aquello. El párroco, el mismo que nos guió por la mañana a través de la selva, nos da la bienvenida. A partir de ahí, empieza una homilía de lo más curiosa, con cánticos, gritos y aspavientos.

- Gloria a Dios.
– Gloria a Dios
– ¿Quién dice Amén?
– ¡Amén!

Al final de la misa convocan a los lugareños a un encuentro para rezar en otro pueblo. La barca sale de madrugada con lo cual habrá llamada a esa hora para despertar a los rezagados que se quieran unir al rezo (y de paso a nosotros). Amén.

Mogue

La iglesia de Mogue

Qué llevar a la selva.

Depende de cuándo vayas. Aunque la temperatura es similar todo el año, casi siempre en época de lluvias se necesitan katiuskas, más mudas y chubasquero. Para empezar, mejor elegir mochila en vez de maleta. Algunas cosas son imprescindibles:

  • Botas de montaña o katiuskas (si vamos a caminar por la selva)
  • Linterna y frontal. No hay luz por la noche.
  • Medicinas y repelentes de mosquitos. Botiquín básico (Fortasec, paracetamol, biodramina, ibuprofeno, antiestamínico para picaduras, tiritas, etc.).
  • Ropa larga y fresca (también corta)
  • Aseo: toallitas húmedas, limpiador de manos en seco, jabón…
  • Cámara y prismáticos
  • Monedas y billetes pequeños por si queremos comprar artesanía. No suelen tener cambio.
  • Protección solar, gorra, gafas de sol (aunque en la selva no nos va a dar demasiado)
  • Baterías de móvil, cámara, pc… cargadas. Y recuerda el adaptador de enchufes, aunque allí, salvo que alguien con placa solar nos haga el favor, no vamos a tener dónde cargarlo.
  • Recomendable: bolsa estáncha para la barca. En su defecto bolsa de basura.

Antes de ir, hay que consultar con un centro de vacunación internacional.

Emberá

Ya volviendo… pescadores emberá

Niña_emberá

Niña emberá

Enlaces

Panamá es un país multicultural y en él conviven siete etnias diferentes. Más información sobre las etnias de Panamá.

Aunque se puede ir al Darién por libre, es complicado organizar todo este itinerario. Hay empresas que lo hacen como Ecotours Darién. Abogan por un turismo sostenible y el dinero revierte en la población local y en las comunidades indígenas.

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