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Bausen
Bausen

Pueblos perdidos en el Valle de Arán

¿Es el Val d’Aran un destino turístico? La respuesta es sí y con mil motivos. ¿Se puede disfrutar de lugares salvajes y de un rato en solitario? De nuevo sí, existe esa posibilidad aunque hay que saber buscarla. Vamos a ello.

Pueblos como Vielha, Artíes o Salurdú, la estación de esquí de Baqueira Beret, los parajes de la Artiga de Lin o los lagos de Colomers… suelen estar, en temporada alta, repletos de gente. Son paraísos compartidos. Y mira que, para llegar a algunos de ellos, hace falta conducir por pistas inusitadamente complejas para bichos de ciudad o caminar durante horas. Sin embargo, cuando por fin estás ahí, sintiéndote Carlos Sainz después de recular con el coche varias veces al borde del precipicio, en el aparcamiento hay 10, 20 o 300 vehículos más, según el sitio. Madrugar es una buena opción para evitar hacer rutas senderistas sintiéndote en la Gran Vía. Otra alternativa es buscar pueblos y senderos menos transitados. Empezamos por los pueblos perdidos del Valle de Arán.

Cerca de la frontera francesa, en Bossòst y Les se agolpan lo turistas en verano sin embargo, si nos apartamos unos kilómetros de los pueblos que hay junto a la carretera N-230, la que discurre paralela al río Garona, vamos a encontrar caminos y riachuelos que conducen a lugares como Bausen o Canejan, dos pueblos, situado en las faldas de la montaña, mucho menos turísticos. Y para disfrutar del silencio absoluto podemos acercarnos a St. Joan de Toran o Porcingles. Aldeas diminutas donde sus vecinos no suman la decena. Cuatro pueblos cercanos entre sí y unidos por pistas caminos y carreteras donde encontrar la esencia del Val d’Aran.

Cestería en Bausen

Cestería en Bausen

Bausen es el pueblo de la artesanía. Fabrican tejidos y hacen cestas, unos trabajos manuales para los que utilizan la lana de ovejas del pirineo y el material que el bosque les ofrece. El pueblo en sí es un conjunto de casas aranesas de piedra y tejados a dos aguas. Destaca entre ellas una capilla y la iglesia de Sant Pèir ad Vincula. Este templo tiene anexionado un pequeño cementerio lleno de tumbas con flores pero si hay una sepultura famosa esa es la de Teresa, la única lápida de un cementerio civil a las afueras del pueblo que, además, tiene una historia de amor detrás. Hace más de 100 años, a comienzos del siglo XX, una pareja de jóvenes de Bausen, Francisco y Teresa, se enamoraron y quisieron casarse. Como eran parientes, el cura se negó a oficiar el matrimonio a no ser que obtuviesen una dispensa y, claro, aquello costaba dinero. No consiguieron reunir la suma pero la pareja continuó con su relación y tuvieron dos hijos. Cuando la mujer murió, con 33 años, el sacerdote se negó a enterrar a Teresa en el camposanto. El pueblo entero se volcó con su marido, Francisco y en un día construyeron un cementerio civil para que Teresa pudiese descansar en el lugar donde había nacido. Y allí, a las afueras del pueblo, hay un pequeño cementerio con una lápida que dice “a mi amada Teresa que falleció el 10 de mayo 1916 a la edad de 33 años”. Francisco, que huyó a Francia con la guerra civil, nunca pudo descansar al lado de su esposa que continúa enterrada sola en el pequeño cementerio. En aquel momento vivían en Bausen unas 300 personas, hoy la población ha bajado a 50. El pueblo ofrece tranquilidad, belleza, artesanía y un par de rutas senderistas que nos llevan hasta el Hayedo de Carlac y a Les.

Canejan desde Bausen

Canejan desde Bausen

En la montaña de enfrente a Bausen, cruzando el río Garona, se encuentra Canejan que, con su centenar de habitantes, duplica la población del primero. Canejan parece colgado de la montaña, construido donde la ladera le ha ido dejando hueco. Un pueblo imposible, de grandes cuestas, casas serranas y desde donde mirar el paisaje es una maravilla. La mejor vista la tenemos en el mirador de la Pelarica, al final del pueblo, aunque, paseando por sus calles, encontramos rincones donde se cuela la panorámica verde del valle del Garona y las montañas.

Canejan, colgado en la montaña

Canejan, colgado en la montaña

Más pequeño y aislado es St. Joan de Toran, una aldea que fue y dejó de ser para volver a existir en los años 70. En esas fechas, algunas gentes se enamoraron del entorno, restauraron algunas de sus casas de piedra y pizarra y las convirtieron en hogares vacacionales. Hoy, en las antiguas escuelas hay un bar donde se puede comer carne asada y disfrutar de un café en la terraza (cuando el tiempo lo permite). No hay que buscar mucho para encontrar la iglesita dedicada a San Juan Bautista y el mirador hacia el valle.

St. Joan de Toran

St. Joan de Toran

Para ir de St. Joan de Toran a Porcingles se puede utilizar el coche o caminar por el sendero de gran recorrido GR-211. Es bastante probable que en el camino no nos encontremos a nadie. Porcingles es una pequeña aldea con una sola calle de casitas de piedra y huertos. Parece que el tiempo se ha quedado congelado en Porcingles, que nunca ha ocurrido nada aquí, sin embargo, la historia sí que ha tenido su hueco. En octubre de 1944, Porcingles, Canejan y Bausen, junto a otros pueblos fronterizos del Valle de Arán, fueron ocupados por los maquis dentro de la Operación Reconquista de España, un intento de los antifranquistas de ocupar el Valle de Arán para, poco a poco, acabar con la dictadura. La lucha duró menos de una semana aunque, en algunos pueblos del valle, unos carteles metálicos recuerdan los hechos.

Porcingles

Porcingles

Estos pueblos no son el único refugio posible. En el Valle de Arán encontramos rutas senderistas de largo recorrido que nos abren paso por caminos poco transitados, minas abandonadas por donde no pasa prácticamente nadie y picos que esperan ser coronados. Si somos alérgicos a la gente, en cualquier época es posible encontrar en el Valle de Arán un paraíso exclusivo.

Vistas de St. Joan de Toran

Vistas de St. Joan de Toran

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