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Biadós o Viadós
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La Bal de Chistau: razones para enamorarte

Hay lugares que parecen estar hechos a medida para ti. Destinos en los que, en cuanto pones un pie, sientes que quieres quedarte, que encajan a la perfección con lo que buscas en ese momento. Y que te hacen feliz. La Bal de Chistau, el Valle de Gistau, es uno de estos sitios.

Había escuchado hablar de él: del valle encajonado y creado alrededor del río Cinqueta, de las montañas que lo rodean, de sus pueblos que crecen en cuesta, de la particularidad de su lengua, de sus caminos y de su aislamiento. Y, desde entonces, sabía que antes o después iría a visitarlo.

El momento llegó. El fin de semana pasado, más largo de lo habitual, recorrí los 500 kilómetros que separan Madrid del Pirineo aragonés para adentrarme en La Bal de Chistau. Y pasó lo que ya se veía venir: acabé rendida a sus pies. Os explico los motivos.

Por la llegada

Entrada a La Bal de Chistau

Entrada a La Bal de Chistau

Hay un único acceso para llegar a La Bal de Chistau: la carretera A-2609. Discurre en paralelo al río Cinqueta que suena unos metros más abajo; por su parte, las paredes de las montañas van mostrándonos su verticalidad conforme nos adentramos en el desfiladero. Nada más dejar a la derecha y a la izquierda los desvíos de Saravillo y de Sin, aparecen unos túneles excavados en la propia roca. Hasta hace unas décadas estos enormes agujeros en la montaña no estaban. Entonces Chistau permanecía prácticamente aislado del resto del Sobrarbe y, por ese mismo motivo, este valle aragonés conserva una cultura propia.

Avanzamos lentamente por la A-2609. A ratos más ancha, otros, más estrecha. Y aparece el primer pueblo: Plan; le seguirán San Juan de Plan o San Chuan y Gistaín o Chistén. Allí, la carretera termina su periplo tras 17 kilómetros que el GPS traduce en 21 minutos. Probablemente los locales tarden menos. Nosotros, más.

Por el río Cinqueta

Río Cinqueta y, al fondo, San Juan de Plan

Río Cinqueta y, al fondo, San Juan de Plan

La carretera es un buen eje vertebrador de la comarca y durante gran parte de su recorrido acompaña al verdadero protagonista del valle: el río Cinqueta, una corriente fluvial que nace de la unión del Cinqueta de la Pez y del Cinqueta d’Añes Cruces cerca del refugio de Viadós, en pleno parque natural Posets Maladeta y que desemboca, 25 kilómetros después, en el Cinca, en el mismo lugar en el que acaba la carretera.

El Cinqueta se abre paso entre montañas que se elevan hasta los 3.000 metros creando un paisaje más que bello y, como buen río de montaña, su caudal es variable. El río bebe del agua del deshielo que, en primavera, surge de cualquier parte: arroyos que descienden de los ibones y se deslizan bravos por barrancos, fuentes y manantiales que vierten su agua gélida en el Cinqueta. A su alrededor, existen multitud de senderos que aprovechan vecinos, pescadores y senderistas a los que les acompaña el sonido constante del agua.

Por sus paisajes

Basa de la Mora o Ibón de Plan

Basa de la Mora o Ibón de Plan

Un valle encajonado entre montañas de más de 3.000 metros con desniveles de hasta 2.000 ya es un buen reclamo; a esto hay que sumarle la gama de colores de La Bal de Chistau: desde abajo hacia arriba encontramos bosque de ribera y prados verdes con sus bordas donde pasta el ganado, las laderas, pobladas por hayas, pinos y abetos y, conforme subimos, aparecen los pastos de altura, pinos silvestres y pinos negros. Las cumbres, gran parte del año nevadas, cobijan a los ibones, unos lagos de origen glaciar entre montañas, en los que reflejan los pinos y las cumbres.

Por sus pueblos

Serveto

Serveto

El valle del río Cinqueta es un buen lugar para instalarse y el ser humano se dio cuenta hace miles de años. Existen vestigios de presencia humana desde la Edad de Bronce, aunque el origen de los pueblos que se reparten por el valle se encuentra en la Edad Media.

Son localidades que se crearon adaptándose a las condiciones del terreno y con el material que poseían y que, en gran medida, mantienen su encanto: casas de piedra con puertas de madera, tejados a dos aguas y chimenea, calles estrechas y empinadas e iglesias con torres que destacan sobre el resto de la población. La armonía entre construcciones y paisaje impera en los cuatro municipios del valle: Plan con Saravillo y Serveto, San Juan de Plan, Gistaín y Tella – Sin que aporta al valle la localidad de Sin.

Todos merecen ser visitados, aunque por cercanía a la carretera y comodidad, si no tenemos mucho tiempo, podemos detenernos en Gistaín, San Juan de Plan y Plan.

Gistaín está situado en la ladera de una montaña, rodeado de bordas y destaca por sus tres torres: la de la iglesia y dos civiles que hablan de viejas rencillas entre familias pudientes. Tiene algunos miradores que dejan con la boca abierta.

San Juan de Plan, una localidad que crece desde el río ladera arriba, conserva el encanto de los pueblos de montaña del Pirineo. Hay que pasear por sus calles, subir al mirador y cruzar a la otra orilla del río para observarlo en todo su esplendor.

Plan, el pueblo más bajo de los tres, también sube hacia arriba. Hay que adentrarse en él para descubrir sus casas de piedra más singulares, la iglesia o, simplemente, pasar a la panadería para comprar pan del que sabe de verdad a pan, dulces locales o sus cocas.

Por la comida

Carne local en La Capilleta

Carne local en La Capilleta

La materia prima en este valle del Pirineo es más que buena. Evidentemente se come mucha carne de la zona: ternera, cordero y cabrito local, también son famosos los productos lácteos como el queso de Gistaín, todo tipo de cuajadas o requesones y la miel de San Juan de Plan. Quien prefiera el pescado, el Cinqueta es el encargado de poner las truchas sobre la mesa.

Los tres pueblos que se encuentran junto a la carretera principal: Gistaín, San Juan de Plan y Plan tienen restaurantes donde probar todos estos platos, aunque los dos que yo conozco están el pueblo donde hacía noche: Plan (después de todo el día caminando y, normalmente, con solo un bocadillo en el cuerpo, cualquiera cogía el coche para irse a probar experiencias culinarias nuevas). Allí hay dos locales muy diferentes entre sí: La Capilleta y Casa Ruché.

La Capilleta es un restaurante moderno donde elaboran una cocina cuidada, bastante evolucionada, pero con ingredientes locales. Tienes carnes de la zona con un toque propio, arroces (deliciosos) y una carta de hamburguesas muy ricas. Para probar: su versión de kebab con cordero de la zona. Precio medio: unos 20€ por persona compartiendo primero y postre. Ideal si quieres cocina local con un toque innovador.

Casa Ruché ofrece comida aragonesa de toda la vida: carnes guisadas de manera tradicional, ensaladas, migas, croquetas, además de pizza. Puedes pedir a la carta o, tanto al mediodía como por la noche, elegir los platos de su menú por unos 13€ por persona. Buenas raciones (en calidad y cantidad) de la cocina de siempre.

Por sus tradiciones y su idioma

Gistaín

Gistaín

Los habitantes de La Bal de Chistau han estado años aislados por las condiciones del terreno y esto hacen que conserven costumbres y tradiciones propias, sus modos de vida y hasta un idioma: el chistabino, una variante del aragonés que continúa hablándose en el valle.

Aunque el turismo ha entrado en la zona, gran parte de la población vive de la ganadería, de las ovejas y cabras, aunque especialmente de las vacas, las responsables de ese paisaje de prados y bordas (las cabañas que se encuentran por todas partes).

Además se conserva música oral, vestimentas que se sacan en ocasiones especiales y fiestas con siglos de tradición como los Trucos de San Antón, los carnavales de Gistau o las fiestas de San Juan en San Juan de Plan. Momentos en los que se reavivan las tradiciones en la zona.

Por sus caminos

Señales

Señales

SENDERISMO. Así, en mayúsculas, para todos los gustos y niveles. Desde grandes travesías o rutas con desniveles que te dejan con la lengua por fuera a cómodos paseos por los senderos junto al río. Los paisajes, en cualquiera de los casos, te dejan con la boca abierta. Si te gusta caminar en la naturaleza, en La Bal de Chistau tienes tu sitio. Nosotros en los días que estuvimos hicimos unas cuantas rutas:

  • La subida a la Basa de la Mora o al Ibón de Plan desde Plan. Un lugar de leyenda que cuesta alcanzar ya que hay que superar unos 950 metros de desnivel, aunque cualquier esfuerzo tiene su recompensa: en lo alto, el paisaje de la Basa de la Mora, es más que impresionante. Existe un acceso más fácil, desde el refugio de Labasar al que se puede llegar en coche.
  • De Plan a San Juan de Plan. Un paseo por la orilla del río Cinqueta para ver el pueblo y tomar una cerveza en el bar que hay en la parte baja. Viva las vistas.
  • De Plan a Serveto, el Collé y vuelta a Plan. Ruta circular de 10 kilómetros con una primera parte ascendente entre huertos y paredes de piedra, zonas de prados, bosque, el pueblo de Serveto y la vuelta por la faja de la montaña hasta iniciar el descenso hacia Plan. Si no llueve (ay), no ofrece demasiada dificultad para gente acostumbrada a caminar por el campo.
  • Rutas por el parque natural Posets Maladeta. Todo lo quieras.

Parque natural Posets Maladeta

Biadós o Viadós

Biadós o Viadós

Desde la carretera principal del valle, pasado San Juan de Plan, sale una pista forestal que nos adentra, a lo largo de unos 12 kilómetros, en el parque natural Posets Maladeta. El camino, a ratos bastante estrecho, va junto al Cinqueta y conduce a Virgen Blanca. Allí podemos abordar muchas de las rutas que recorren este parque natural que tiene la mayor concentración de tresmiles de todo el Pirineo, entre ellos, el Posets, el segundo pico más alto de la cordillera, tras el Aneto.

No hace falta ser un experto montañero para darse una vuelta por la zona, visitar los refugios de Tabernés o Viadós (Biadós) con las bordas que hay alrededor, vislumbrar el Posets o pasear por algún bosque por el que discurre el Cinqueta.

Hay que recordar que los caminos más sencillos pueden complicarse en invierno, por eso, lo mejor antes de ir es preguntar en el pueblo o visitar, en San Juan de Plan, el centro de interpretación del parque natural donde, además de ver su exposición, puedes dejarte aconsejar por la técnica medioambiental que lo atiende.

Por la gente

En cualquier lugar para mí es fundamental sentirme acogida. Y en este punto cobra una importancia especial la gente. No sé si por su modo de vida sencillo, si por los paisajes que tienen o porque aún no están hartos del turismo, en La Bal de Chistau la gente es más que agradable. Desde la chica de la oficina de turismo de Plan, a la trabajadora del centro de interpretación del parque natural Posets Maladeta en San Juan de Plan, a cualquier camarero, tendero, panadero que te encuentres, todos han sido muy amables, en especial las chicas de nuestro hotel. (Sí, quiero volver).

Por mi hotel (gracias Weekendesk)

Hotel Mediodía

Hotel Mediodía

A Chistau quería ir sí o sí desde que me hablaron de él y la oportunidad surgió porque Weekendesk me invitó a vivir una de las experiencias que tienen en su web (gracias :)). Ahí, después de mucho bucear en sus diferentes temáticas de viaje (rural, escapada, romántico, aire puro y naturaleza, etc.), elegí hacer lo que más me gusta: conocer destinos de montaña. Y así di con el Hotel Mediodía. 20 habitaciones cálidas, con unas zonas comunes de infarto.

Y más de Weekendesk. Además de tener una página intuitiva y muy inspiradora (me encanta el concepto de escapada, cómo puedes seleccionar qué tipo de viaje quieres, poder elegir cuáles son tus preferencias – si cena, desayuno, spa, actividades, etc.-, ofrecen algo que se echa mucho de menos y es un teléfono sin tarificación especial por si tuvieses cualquier duda en el proceso de compra o después. Si eres más de reservar en el móvil, tienes una app intuitiva que funciona muy bien.

Gracias al regalo de Weekendesk llegué al hotel Mediodia que por mucho que os cuente, es mejor vivirlo. Nada más entrar nos enseñaron las zonas comunes, casi todas con vistas a las montañas (guau). Tienen un salón para el desayuno (benditos despertares montañeros), una zona para niños con una pequeña biblioteca y un sala que se convirtió en mi lugar preferido durante la estancia: chimenea (aunque sin fuego, de las modernas), sofás, sillones y vistazas. Junto a él, el honesty bar con bebidas, infusiones, cafés, etcétera. En este concepto de bar impera la confianza: te sirves lo que quieres, lo apuntas en una libreta y te lo cobran al final de la estancia. Muy cómodo.

La habitación tampoco se quedaba atrás: cama doble enorme y comodísima, vistas a la montaña y un baño con bañera de hidromasaje. Después de las rutas, que en algún caso terminaron con lluvia, llegar y meterte en la bañera era un auténtico placer.

Las propietarias y las trabajadoras son encantadoras. Desde la mujer que te pregunta en el desayuno si quieres huevos con bacon recién hechos (sí, un plato para los dos, por favor), hasta las dueñas, Ana y Elena que siempre que llegas te preguntan por tu día.

¿Lo he dicho? Quiero volver, volver y vooolver.

Lo peor de Chistau

Evidentemente aquí no hay sorpresas. Lo peor es tener que irse.

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