Atención spoiler (si un documental puede tener spoilers).
“Ya sabía algo de Sebastião Salgado: realmente le importaban las personas. Al fin y al cabo, las personas son la sal de la Tierra.” Wim Wenders.
Una sal que da sabor pero que muchas veces estropea la comida. Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, el hijo de Sebastião, son los dos directores de este documental que fotografía al fotógrafo pero que, también, está grabado con su mirada, desde su perspectiva. Una perspectiva creada con años de experiencias, de conflictos y de viajes; con ingredientes como el dolor, el amor a lo vivo y a lo inerte y una buena dosis de afrontación que permite que su sabor, al final, sea dulce. “La sal de la Tierra” se sirve – y nos sirve- de 110 minutos de imágenes fijas, de vídeos -actuales y de archivo- guiados por la voz en off de varios hombres que se expresan en distintos idiomas. Conforman un todo especialmente bello. Y nos reflejan a un hombre lleno de sensibilidad. Que quiere a la Tierra y a lo que hay en ella. Y nos hace quererla.
Es un documental que nos mantiene pegados a la pantalla por su dramatismo, porque su hilo conductor, la narrativa, no deja de ser el arquetípico “viaje del héroe”, “la historia más antigua del mundo”. Salgado nace, va creciendo, conoce a Léila, su mujer, parte al exilio huyendo de la dictadura militar de Brasil. Y a partir de aquí ya tenemos sus viajes y un conflicto. El de la persona que echa de menos profundamente a su país natal y lo que ha dejado en él. En Europa va a haciendo carrera de economista pero, casi por casualidad, la cámara y él se encuentran. Y todo da comienzo.
Empiezan sus viajes por el mundo. Mostrando la cultura de los pueblos más recónditos de su continente, de “Otras Américas”. Plasmando los “Éxodos” provocados por la sequía y los conflictos en África. La guerra, la muerte. El hambre que deja sin carne, en piel y huesos. La enfermedad. Los campos de refugiados. El horror que es capaz de crear el hombre, esa locura que no entiende de lugares, de fronteras. El dolor se hace más patente que nunca. Y Salgado se quiebra y nos quiebra. Vuelve a su origen, a su país natal y, gracias a una idea de Léila, donde hay muerte, crean. Plantan un bosque en tierra árida. En la tierra que le vio nacer. Y con los árboles renace, salva a la humanidad y a nosotros como espectadores. Se salva el artista y pare a “Génesis“, su último trabajo, lleno de amor por la Tierra, por las formas de vida ancestrales que se conservan y por los no humanos.
Da igual lo que Salgado fotografíe. Mujeres y hombres, paisajes o tortugas. Siempre observa lleno de respeto y asombro, agradecido por la oportunidad de quien se deja retratar. Y ese sentimiento está implícito en su trabajo.
“Cada vez que me acercaba a ella, la tortuga se alejaba. […] Entonces empecé a pensar. Y me dije: cuando fotografío a seres humanos nunca me planto en mitad de un grupo de incógnito, siempre pido a alguien que me introduzca en él. Después, me presento a la gente, me explico, conversamos y, poco apoco, nos conocemos. Entendí que, del mismo modo, la única manera de lograr fotografiar a esta tortuga era conocerla, ponerme a su altura. Así que me convertí en tortuga: me agaché y empecé a andar a su misma altura, con las palmas de las manos y las rodillas sobre el suelo. En ese momento, la tortuga dejó de huir.” De mi tierra a la Tierra. Sebastião Salgado. Memorias.
“La sal de la Tierra” es un poema lleno de lágrimas que termina con sonrisa; con esperanza: la destrucción, con esfuerzo, es reversible; y con una conclusión: la Tierra sería mejor si la gente mirase como mira Sebastião. No hace falta cámara.
Si queréis saber más sobre Salgado leed el libro de sus memorias “De mi tierra a la Tierra”.