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Neila desde lo alto

Neila, un pueblo burgalés para quedarse a vivir

Reconozco que en cuestión de destinos soy bastante facilona. Pocas veces he ido a lugares que no me hayan gustado, sobre todo si hay naturaleza de por medio. En el caso de Neila era una apuesta segura: un pueblo bastante aislado, de casas tradicionales, rodeado de montañas y con un parque natural con kilómetros y kilómetros de senderos. Además, hacía unas semanas lo había visto de pasada en un viaje de prensa. Y ya entonces ya pensé: “aquí tengo que volver”. Y he vuelto.

Está claro que no arriesgué demasiado. Lo no sabía era hasta qué punto me iba a gustar Neila.

Me ha encantado asomarme cada mañana a la ventana y ver los caballos y las vacas pastando a veinte metros; alzar la vista y contemplar las montañas con su gama de verdes; poner un pie en la calle y descubrir casas señoriales, las dos iglesias de origen románico, el nacimiento del río Neila o el frontón y alejarme caminando y ganar altura para observar la villa desde lo alto, encajonada y rodeada por un paisaje grandioso.

Por si fuera poco, a pocos kilómetros se encuentra el parque natural de las Lagunas Glaciares de Neila, un paraíso para los que los que nos gusta caminar por el campo. Este conjunto de lagunas glaciares, rodeado de picos de unos 2.000 metros y poblado por pinos y hayas, es una maravilla y eso que la niebla empañó las vistas de la caminata.

En definitiva, Neila ha conseguido lo que hacía mucho tiempo que no lograba: aparcar el trabajo y dejarme llevar. Olvidar grabadora, cámara de fotos (las imágenes están hechas con el móvil) y pasar 36 horas sin hay qués; caminando, comiendo y durmiendo cuando mi cuerpo me lo pedía.

La conclusión: tengo que volver. Para quedarme mucho más tiempo.

Llegar a Neila

Casa del parque de las Lagunas de Neila

La carretera que conduce a Neila nos anticipa la belleza de este enclave. Desde Quintanar de la Sierra, el pueblo más cercano de la provincia de Burgos, hay que conducir 12 kilómetros por la BU-822, sin arcén, sin línea divisoria y rodeados de pinos.

Cuando quedan pocos kilómetros para llegar, el paisaje se abre y empiezan a aparecer los prados. Un poco más adelante, se divisan las primeras casas de Neila; entre todas ellas destaca la torre de la iglesia de San Miguel, un templo de origen románico reconvertido en la Casa del Parque del parque natural de las Lagunas Glaciares de Neila.

Este centro de interpretación es un buen comienzo. Sus exposiciones explican la formación de las lagunas, cómo se vivía antiguamente en este pueblo trashumante y la riqueza que trajo la ganadería y la lana a la localidad.

El vídeo que se proyecta en la Casa del Parque está especialmente bien hecho y ayuda a comprender el paso del tiempo por Neila. La atención de Toño, el responsable de la casa del parque, convierte a esta visita en imprescindible.

Neila, una villa ganadera con historia

Neila es una villa de tradición ganadera

El mundo rural ha sufrido una gran transformación en las últimos tiempos. Los modos de vida, el número de habitantes, los paisajes y las construcciones han cambiado mucho y esto se percibe especialmente en localidades de tradición ganadera como Neila.

Profundamente vinculado con la trashumancia, hasta hace unas cuantas décadas, en este pueblo burgalés las cosas eran muy diferentes a como son hoy en día.

En otoño, los hombres partían con los rebaños de merinas rumbo a Extremadura y, mientras, las mujeres se quedaban a cargo de todo tipo de menesteres (trabajando la tierra, cuidando a niños y ancianos, trabajando la lana…) Con la primavera, los hombres volvían con los rebaños hasta el comienzo de un nuevo ciclo que marcaba la llegada del frío.

La trashumancia ya no se practica en Neila, sin embargo sí que permanece esa esencia ganadera que se percibe en un paisaje humanizado de prados en los que pastan ovejas, vacas, caballos y, en las partes más altas y escarpadas, cabras.

Además, paseando por el pueblo, es posible observar la riqueza que trajo la actividad ganadera a la localidad y que se hace visible en los escudos de las antiguas casonas y en el porte de las dos iglesias, la de San Miguel y la de Santa María.

Aunque si por algo destaca Neila es por su naturaleza, por el paisaje que rodea a la localidad y todas las posibilidades senderistas que ofrece. Desde el mismo pueblo, parten varias rutas de diferente dificultad que permiten observar el entorno desde diferentes puntos de vista. Son la senda del Piquillo, la del Collado de Neila o el GR 290.

Más lejos, se encuentran otras rutas también populares: la de las Nilsas y la de las lagunas de Neila, la más concurrida.

Las Lagunas Glaciares de Neila

Lagunas de Neila

Lagunas de Neila

Lagunas de Neila

Es uno de los parajes más bonitos de la provincia de Burgos. Las lagunas de Neila son un conjunto de lagunas de origen glaciar que terminaron de formarse al final de la última glaciación, en la Edad de Hielo, hace unos 17.000 años.

Están situadas entre los 1.700 y los 1.900 metros de altitud en un paraje de enorme belleza y de gran importancia botánica donde predomina el pino albar que convive con otras especies como el haya, el serbal o los tejos.

Para conocerlas, lo mejor es hacer la ruta de las Lagunas de Neila, un sendero de 8 kilómetros que conduce por pinares, lleva a la orilla de la laguna de la Cascada, atraviesa la senda de los Tejos, sube hasta la el alto de la Campiña y rodea el circo glaciar ofreciendo unas vistas espectaculares de las lagunas.

La ruta se tarda en completar unas tres horas y media y está muy bien señalizada. Eso sí, los desniveles tanto de subida como de bajada han hecho que esté catalogada como de dificultad media – alta.

Dormir y comer en Neila

Si lo que se busca es tranquilidad, Neila es tu destino. También para dormir. Existen dos opciones: la casa rural El Macho o Villaneila, el hotelito donde nos quedamos nosotros y en el que nos sentimos como en casa gracias a la amabilidad de sus dueños.

Las habitaciones son sencillas, limpias y cómodas y cada una está dedicada a un animal lo que le da un toque entrañable.

Es genial subir la persiana por la mañana y ver el paisaje verde de Neila, volver de ruta y sentarte delante de un plato de comida casera, querer madrugar para caminar antes de la hora del desayuno y que te dejen la comida en una salita aparte para que te lo prepares tú. Y todo esto con un plus, la amabilidad de los dueños.

Además, Villaneila tiene su huerto y gallinero y su cocina es sencilla, con productos de proximidad. El pan, los huevos, el revuelto de setas, la morcilla de Burgos, las natillas y las cuajadas caseras… todavía me acuerdo de ellos.

Y los precios más que adecuados para el servicio. Por dos noches de hotel, desayuno, una comida y dos cenas para dos personas pagamos unos 177€.

No es que esté pensando en volver, es que me quedaría a vivir.

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