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"Tea for two, two for tea" en el café Pierre Lotí.

Estampas de Estambul

Estambul es una urbe compleja. Por su geografía, a caballo entre oriente y occidente, dividida por el Bósforo y el Cuerno de Oro; por las capas de historia que se superponen en ella; por las particularidades de cada uno de sus barrios, desde los más modernos a los más humildes, y por la convivencia de gente muy diversa.

Después de recorrerla durante tres días, intuyo que para llegar a comprender sus matices se necesitan meses e incluso años. Unos cuantos días sirven tan solo para abrir boca y volver con una certeza: profundizar en ella requiere paciencia y tiempo. Del viaje me traigo, además de algún que otro kilo, unas cuantas imágenes y sonidos que son solo una muestra de la riqueza de Estambul.

La llamada a la oración

De los minaretes de las mezquitas emerge la llamada a la oración cinco veces al día

Me ha vuelto a pasar y quizás la explicación esté en la radio, pero, muchas veces, los recuerdos de mis viajes están formados por sonidos: el repicar de los cencerros en Picos de Europa, la profundidad del sofar en Jerusalén, los matices del agua en algunas etapas del Camino de Santiago o el bullicio de los mercados y los bazares de cualquier parte del mundo.

Así, cada vez que visito un país musulmán, me quedo maravillada con la llamada a la oración, un ritual que te despierta cada madrugada y que se repite otras cuatro veces al día. En ese momento, la voz de los muecines convocan a los fieles a la oración con unos versos árabes llenos de sonoridad que emergen desde los minaretes y que tienen su réplica en otras mezquitas.

Mi favorito es el adhan de la mañana, el que me despierta y me anuncia que me quedan aún una o dos horas de sueño. Cuando el sonido se apaga, doy media vuelta y sigo durmiendo. Y eso que esta llamada incluye una frase que no comparte con el resto: «la oración es mejor que el sueño».

Las mezquitas

Mezquita Nuruosmaniye, junto al Gran Bazar

El perfil de Estambul sería muy distinto sin los minaretes de las mezquitas que emergen por todas partes. Su cantidad, ornamentación y dimensiones indican en muchas ocasiones cómo es el templo al que pertenecen.

Porque mezquitas en Estambul las hay de todos los tipos: desde la grandiosa Mezquita Azul con sus seis minaretes (cerrada estos días a los visitantes por reforma), a diminutos templos de barrio, pasando por otras imperdibles como la de Süleymaninye, la de Eyüp (lugar de peregrinación) o la Pequeña Santa Sofía.

Tan interesante como las mezquitas es lo que existe alrededor de ellas: su patio, la fuente de abluciones y, en ocasiones, numerosos edificios que eran utilizados para fines sociales como comedores o escuelas.

En Estambul, podemos pasar a su interior sin ser musulmanes siempre que respetemos una serie de normas como ir descalzo, con la vestimenta adecuada y – en el caso de las mujeres – cubrirse el pelo. Visitarlas por dentro es fascinante por su arquitectura y porque nos permite observar algunos aspectos de su religión.

Hagia Sofía

Santa Sofía ha sido iglesia, mezquita y ahora, museo. Una lección de historia.

Basílica ortodoxa, mezquita y actualmente museo. Hagia Sofía o Santa Sofía se encuentra en el parque Sultanahemet rivalizando en belleza con la Mezquita Azul, una frente a la otra, cada cual más imponente.

Desde su creación en el siglo VI y durante unos mil años fue catedral ortodoxa bizantina (salvo un breve periodo en el que se convirtió en catedral católica) y tras la conquista de los otomanos pasó a ser mezquita. Desde ese momento y durante unos 500 años, los musulmanes la utilizaron para sus rezos hasta que, en el primer tercio del siglo XX, se secularizó para convertirse en museo.

De toda su historia quedan numerosos restos, algunos mosaicos bizantinos, la cúpula, el mihrab… Interpretarlos permite descubrir gran parte de la historia de la ciudad.

La Cisterna y sus medusas

Si las miras, te conviertes en piedra. Para contrarrestar el efecto, lo mejor, ponerlas cabeza abajo.

Hubo un tiempo en el que Estambul estaba repleta de tanques de agua bajo tierra: 60 cisternas que fueron construidas para poder abastecer a la ciudad en caso de verse sitiada. La Cisterna Basílica era una de ellas. Se creó en el siglo VI, cuando estaba al mando Justianiano I, y estuvo funcionando durante siglos.

Descrita como un “bosque de columnas” son precisamente estos pilares, traídos de diversos templos, su mayor atractivo. Conforman un auténtico libro de arte clásico con capiteles jónicos y corintios, además de algunos de estilo dórico.

Entre todas ellas, llaman especialmente la atención dos, las que tienen como base unas cabezas de medusa, colocadas una boca abajo y otra de lado para, según cuenta la leyenda, evitar sus dañinos poderes que convierten en piedra a aquellos que la miran.

Topkapi

Topkapi refleja el poder que tuvo la antigua Constantinopla

Fue el símbolo del inmenso poder del imperio otomano y residencia de los sultanes durante cuatro siglos. El palacio de Topkapi espira grandeza por todos lados. Se refleja en sus cuatro patios, en sus numerosos edificios y en la muralla que rodea el complejo.

Para visitarlo se recomienda reservar unas cuantas horas porque se necesita tiempo para recorrer sus patios, pasar al interior de todos sus edificios abiertos al público, observar la ornamentación y los detalles de cada sala, descubrir aquellas convertidas en museo como el de los Relojes, la Armería, el Tesoro… y adentrarse en las estancias del Harén.

Un té en el café de Pierre Loti

“Tea for two, two for tea” en el café Pierre Loti.

Si hay un sabor que se queda grabado en Estambul ese es el del té. Se vende çay por todos lados y a cualquier hora. Lo sirven en pequeños vasos ornamentados (me hubiera traído mil de ellos) o en tazas.

Tomé decenas de tés en tres días, entre ellos, el que bebí helada en la cubierta de un barco que nos llevó de crucero por el Bósforo, los dos que me metí entre pecho y espalda viendo atardecer desde la orilla asiática (sí, vienen muy bien para el frío) y el que saboreamos en el café Pierre Loti.

El té de Pierre Loti se bebe lento, tan despacio que termina enfriándose porque lo que quieres es alargar el tiempo para disfrutar de las vistas del Cuerno de Oro. No es el que me supo mejor, pero sí es el que me dejó la imagen más bonita para el recuerdo. (También es cierto que soy un poco chaquetera y cambio constantemente mi momento y té favorito, porque los de la orilla asiática también son memorables).

Los barrios más populares

Eyup, uno de los barrios que se salen (un poco) del circuito turístico habitual.

Después de las vistas desde lo alto del café de Pierre Loti, iniciamos una caminata de tres horas por algunos de los barrios más populares de Estambul. Pasamos por Eyüp con su cementerio y su mezquita, lugar de peregrinación, nos detuvimos en San Salvador de Chora (en reformas) y recorrimos las estrechas calles del tradicional barrio de Fatih.

Fue un paseo muy interesante, lejos de las zonas más turísticas que nos permitió adentrarnos en un Estambul distinto al que aparece en las postales, aunque igual de interesante.

Bazares y las calles aledañas

Bazar de las Especias

El Gran Bazar, el Bazar de las Especias, sus calles aledañas… Estambul tiene un espíritu comercial que se refleja por todos lados, pero que adquiere un carácter especialmente pintoresco en los bazares.

El Gran Bazar se remonta al siglo XV, a la época de Mehmed II y en él se aglutinan más de 3.000 tiendas distribuidas por categorías en sus 60 calles. Para acceder a él se pueden utilizar alguna de sus 22 puertas. Es bastante turístico, pero no deja de tener su encanto.

No muy lejos, en las cercanías del puente de Gálata, se ubica el bazar de las Especias, más pequeño, pero muy coqueto, puesto en marcha en el siglo XVII. Otro lugar recomendable para comprar recuerdos, dulces o practicar el arte del regateo.

Un bocadillo de caballa junto al puente de Gálata

En estos barcos se cocinan los bocadillos de caballa, al lado, hay unos puestecitos que venden zumo de encurtidos y de nabo.

En esta ciudad se come muy bien. Opciones hay para todos los gustos: puestos ambulantes con licencia donde venden mazorcas de maíz, castañas o simit (unas roscas de pan con semillas de sésamo), kebabs que ofrecen el popular bocadillo con un vaso de ayran desde 5 liras, hasta restaurantes en los que sirven platos de carne y pescado mucho más elaborados.

Uno de los bocados más tradicionales que se pueden probar en Estambul es el bocadillo de caballa junto al puente de Gálata. Se elabora tanto en los establecimientos que hay en la parte baja del puente como en unos barcos atracados junto a él. Lo típico es tomarlo con una especie de zumo de encurtidos o con zumo de nabo que venden en puestos colindantes y que te traen hasta la mesa los propios vendedores.

¡Cuidado con las espinas y ánimo con las bebidas!

Un recorrido por el Bósforo

Vistazas las del crucero por el Bósforo

Son ideales para descubrir, desde el agua, las diferentes siluetas que ofrece Estambul y apreciar las diferencias que existen entre una parte y otra, además de acercarse – de manera rápida – a algunas construcciones y edificios imposibles de visitar en un viaje de pocos días.

Del puente de Gálata, parten muchos de estos cruceros que discurren por el Bósforo parando en distintos puntos de las dos orillas: la asiática y la europea. Los hay de diferente duración, longitud y de precios muy variados, los más baratos son los públicos, aunque también están muy bien los de la compañía Turyoc que ofrecen dos horas de recorrido por 15 liras.

La torre de Gálata y sus alrededores

El día no daba para mucho, pero, aún así, las vistas desde Gálata merecen la pena.

La torre de Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro, es uno de los emblemas de la ciudad, una torre de 67 metros que se ve prácticamente desde cualquier parte; de hecho, cuando los genoveses la levantaron en el siglo XIV, se convirtió en el edificio más alto de la ciudad.

Merece la pena visitar el barrio de Gálata para ver la torre de cerca, subir para disfrutar de la panorámica que ofrece (una de las mejores de la ciudad si el día está despejado) y pasear por las calles del antiguo barrio genovés.

Istiklal y Taksim: la cara moderna de Estambul

Estambul también tiene su lado moderno.

Como la gran ciudad que es, Estambul tiene también su lado moderno. Desde la zona de la torre de Gálata, se puede tomar la avenida Istiklal y pasear por ella rodeados de tiendas y edificios del siglo XIX hasta llegar a la plaza de Taksim. La alternativa a la caminata es un tranvía de época bastante turístico.

Taksim es el centro de la parte moderna de Estambul. En esta plaza enorme se encuentran algunos de los hoteles más famosos de la ciudad, además de un parque, la estación central de metro, una mezquita y el monumento a la Independencia.

Atardecer en la parte asiática

A pesar de las nubes, el atardecer en la parte asiática tiene su encanto.

El Cuerno de Oro y el Bósforo dividen a Estambul en tres partes, una de ellas es Üsküdar, el lado asiático. Para llegar hasta aquí hay que cruzar el Bósforo en alguno de los muchos ferris que conectan las dos orillas en 20 minutos y por menos de un euro. Rápido y barato.

Ya al otro lado, y cerca de la estación, esperan varias mezquitas, el mercado, las calles de alrededor y, sobre todo, unas vistas magníficas de la parte europea con la torre Maiden en primer plano. Es fácil visitar esta torre ya que cada 15 minutos un barco conecta tierra firme con el islote.

La atracción más popular, sin embargo, es sentarse a contemplar el atardecer. Hay un lugar ideal para ello, unos escalones frente de la torre de Leandro, cubiertos por alfombras. Al lado, los camareros de varios kioskos suministran té, café y refrescos a quienes se sientan en ellos.

Una vez que te acomodas, empiezas a observar tanto lo que tienes frente a ti (vistazas), como lo que sucede a tu lado (que también es bastante animado). Durante todo el tiempo, varios vendedores ambulantes se pasean ofreciendo sus especialidades, miniaturas de la torre de Gálata, pipas, obleas y hasta unas lámparas volantes de papel que parecen globos aerostáticos en miniatura. Si alguien compra una comienza el ritual: las prenden y lanzan al aire, elevando al cielo tanto la linterna voladora como sus deseos (y llenando de basura el Bósforo). Cuando el frío empieza a apretar, los camareros encienden fuego en el interior de unos bidones que sirven tanto para calentar como para ahumar al personal.

A pesar del frío y del humo, la experiencia de ver caer el sol entre los minaretes de Estambul fue una de las más maravillosas del viaje.

Perros y gatos por todos lados

Volví con varios amigos de los que ladran y maullan.

Las calles de Estambul están repletas de perros y gatos que viven en las calles. Se cree que hay en ellas unos 100.000 canes y 125.000 felinos. Aunque a primera vista puede parecer que son animales abandonados, la mayor parte están en buenas condiciones, cuidados por la población local y vacunados y esterilizados por las instituciones. Son parte, de manera indiscutible, de la ciudad.

 

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